Trabajo Remoto

Asúmelo: nunca vas a dejar de sentirte culpable por no estar trabajando

Situémonos en un mundo post COVID. O, al menos, en un escenario donde poder hacer vida normal (si es que ese término va a volver realmente en algún momento) implique que los niños vayan al colegio y que las empresas nos permitan tener un horario flexible verdadero.

Imaginemos también la (utópica) posibilidad de que nosotros mismos, o las compañías para las que trabajamos, nos hayan formado para trabajar en remoto. Lo que implica conocimiento de las herramientas digitales, habilidades de dirección y trabajo en equipo online, consecución de objetivos concretos y reporte de los mismos.

Pensemos por un momento que hemos sido capaces de adaptarnos a esta nueva realidad laboral. Que no tenemos que madrugar para ir a la oficina, ni pasar una hora en el coche, ni comer de tupper en 15 minutos. Que decidimos hacer deporte sin horario determinado, colocando las pausas para ello que necesitemos durante nuestra jornada. Y que, en el 99% de los días, eso no supone un problema para nadie porque nuestras tareas están hechas y entregadas en los términos que nos han solicitado previamente.

Y, yendo un paso más allá, hablemos de nuestra conciliación y nuestro ocio. Independientemente de si tenemos hijos o no. En el primer caso, planteemos cómo nos sentiremos pudiendo llevarles y recogerles del colegio. Compartiendo sus actividades extraescolares. Llegando a casa todos juntos para cenar y acostarnos en familia. Incluso viajando en fechas no comunes porque podemos conectarnos al trabajo desde cualquier lugar.

En el segundo, con la posibilidad de quedar con muchas personas a las que nos apetece ver y con las que apenas coincidimos por motivos de horario. Con la opción de ir al gimnasio, a la playa, al chalet de un amigo o hasta de escapada. Y no por ello dejar de ser eficientes ni confiables en nuestra ocupación.

Todo esto, que puede parecer idílico y lejano, es en realidad lo que una persona freelance o con confianza por parte de sus empleadores realiza a diario. Pero hay un factor que, incluso en esas circunstancias favorables, aparece inexorablemente: la culpabilidad.

Como escribimos (¡en 2014!) en el capítulo introductorio del libro ‘¿Por qué no nos dejan trabajar desde casa?’, nos han educado para sentirnos culpables. Porque el sentimiento del deber siempre va asociado a la materia laboral. Nunca (o casi nunca) a la personal.

Frases como ‘No te preocupes, tienes que hacerlo porque se trata de trabajo’ son una carga inmensa que al menos esta generación llevará siempre a sus espaldas. Porque implican que se puede renunciar a la familia, pero nunca al empleo. Y eso es lo que nos llevará, cuando estemos en el parque o tomando una cerveza, a sentir un peso en el estómago porque tenemos un mail por responder o una llamada que devolver.

La clave es que esa incomodidad no se va a ir, pero se puede mitigar. Que, al igual que muchos deportistas de élite compiten con dolor y sin embargo alcanzan un rendimiento alto, nosotros debemos acostumbrarnos a que aquella que nos inculcaron de pequeños nunca se irá. Pero se puede luchar contra ello.

Somos la primera generación de la historia de la humanidad que puede trabajar desde donde quiera, en las circunstancias que elija. Y debemos entrar en la fase psicológica colectiva de comenzar a aprovecharlo. Aunque tengamos que luchar contra la educación que hemos recibido. Y que no saldrá de nuestras sensaciones corporales jamás.

David Blay Tapia

David Blay Tapia

Desde hace más de 20 años, asesoro a deportistas de élite y empresas sobre cómo presentarse ante los medios de manera noticiable, además de trabajar en medios como Europa Press, COPE o Radio Marca. En ese tránsito me he convertido en profesor de Estrategias de Comunicación, Redes Sociales y Trabajo Freelance en diversos Master, conferenciante sobre teletrabajo y autor de dos libros.

One Comment

  • Victor dice:

    Estoy totalmente de acuerdo, esta todo en la mente porque es lo que nos han inculcado desde que nacemos, tenemos que ir ha trabajar o Dino no estas bien visto; te tratan de vago o de gandul como si los humanos hubiéramos venido ha este mundo solo para trabajar, para sacar beneficios para otros disfrutarlos como si los trabajadores no tuvieran derecho ha estar I ha educar a sus hijos desde su propio entorno familiar. Eso hoy en día solo está permitido ha los más afortunados.

    Me acuerdo mucho de mi papa que me decía siempre (no pierdas nunca el campanario de vista y ha comer a casa) ahora entiendo el significado de esas palabras tan savias que trataba de enseñarme mi papa.

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